Mira.
Deja que te pregunte.
¿Has seguido algún curso de estrategia en tu vida o leídos libros sobre el tema?
Entonces sabrás sin dudar que una estrategia es asignar unos recursos que comprometen a tu empresa en el largo plazo, y conseguir así un rendimiento superior al de tus competidores.
También sabrás que esta asignación de recursos conlleva elegir lo que vas a hacer, para hacerlo mejor, y por tanto y, por el contrario, elegir lo que no vas a hacer, porque piensas que lo harás peor.
¿Te suena extraño esto?
Bueno, la mayoría de las empresas, sobre todo las más grandes (y probablemente la tuya también), no tienen realmente una estrategia, porque se dispersan demasiado en una multitud de proyectos e iniciativas que dan una impresión general de progreso.
Gastan dinero en planes estratégicos, pero no en una estrategia.
Es más arriesgado.
En lugar de concentrar sus recursos de forma coherente y coordinada en lo que podría hacerlas únicas, persiguen varios objetivos simultáneamente, lo que les impide alcanzar un rendimiento realmente distintivo.
En lugar de aceptar renunciar a ciertas ambiciones, las coleccionan.
En lugar de dejar que sus competidores se aventuren por caminos diferentes, los imitan.
En lugar de decir no a determinados clientes negándose a cumplir sus expectativas, prefieren satisfacerlas todas a todos.
Para muchas empresas, comprometerse con su estrategia suele significar gastar aún más, en aún más proyectos, con aún más esfuerzo.
Esto es aún más cierto cuando un antiguo equipo directivo es sustituido por uno nuevo: no deja de añadir sus propias ambiciones a las anteriores, acompañadas de una reorganización supuestamente indispensable para alcanzar estos nuevos objetivos.
La acumulación prima sobre el discernimiento.
En fin.
Sin embargo, como señalo astutamente mi admirado profesor Richard Rumelt (autor de Good Strategy Bad Strategy), la principal ventaja competitiva de muchas de estas empresas y la tuya también, puede venir precisamente del hecho de que tus competidores no tienen estrategia, ni esperan que tú la tengas.
Suponen que tú también sacrificarás la coherencia, la concentración y la perseverancia por el oportunismo, la exhaustividad y la agilidad.
Querer hacerlo todo significa no ser capaz de hacerlo todo bien.
Ante este vacío estratégico, en lugar de buscar distinguirse de verdad, algunas organizaciones acaban dándose misiones generalistas que a veces rozan el ridículo.
Fíjate en esta universidad que no voy a nombrar (aunque podría ofrecer otros ejemplos), que tiene como misión ser “una comunidad de aprendizaje que busca servir a la sociedad educando a los líderes del mañana y ampliando las fronteras del conocimiento”.
¿?
Es decir, la universidad se define a sí misma como una universidad.
Pero esto no dice nada sobre su estrategia, opciones, ambiciones o diferencias y suena ridículo que adultos tan inteligentes hagan declaraciones tan vacías.
¿Has visto tú también declaraciones de misión iguales de huecas?
Queda claro que la estrategia es para valientes.
Pero para tener éxito, cómo hemos visto no tiene por qué ser super original o innovadora. Basta con que exista.
Si quieres repensar tu estrategia y aplicarla en tu organización, envíame un mensaje. Te mostraré cómo construir este marco en 12 semanas y empezar a ver resultados visibles en los siguientes 90 días.
Pasa un gran día.
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